Las personas en las organizaciones vuelcan sus conocimientos, habilidades, motivaciones y emociones. Conformando así el capital humano, fundamental para el éxito de la organización. Y, lo que es más interesante, consiguiendo desarrollos y crecimientos personales.

Desde hace ya un tiempo, sabemos que podemos y debemos gestionar esos recursos que las personas tenemos, como no puede ser de otra manera, llevamos

con nosotros a nuestros puestos de trabajo. La cuestión es si sabemos “cómo” gestionarlos, si tenemos la “herramienta” y sabemos utilizarla eficientemente.

Parece que algunos de esos recursos ya se están gestionando como práctica habitual en nuestras empresas, con mayor o menor éxito, pero siempre con prudencia de manera organizada y estratégica de mejora. Así, por ejemplo, mediante planes de capacitación desarrollamos los conocimientos y habilidades de las personas que conforman las organizaciones.

Pese a que podría parecer una conclusión lógica y aplicable a todos los trabajadores, lo cierto es que un reciente estudio ha revelado que el jefe déspota y autoritario continúa haciendo de las suyas, no sólo para desgracia, sino también para beneficio de muchos.

Así lo ha hecho público Randstad en la edición 2009 del informe “El mundo del Trabajo“, un trabajo que de acuerdo a los datos obtenido concluye que un 89% de los trabajadores busca un líder con capacidad de motivar a sus empleados y de tratarlos como personas, no como recursos humanos a los que, tristemente, en ocasiones se gestionan como elementos materiales. El perfil de jefe más solicitado sería por tanto el de un supervisor respetuoso y capaz de razonar. Un dato que enlaza con el incremento en importancia de un valor capital: el reconocimiento del trabajo bien hecho por parte del coordinador.

Curiosamente, el estudio revela la existencia de un 34% de trabajadores que valoran el autoritarismo como la muestra más válida de liderazgo a la hora de definir a un jefe.

Otro dato importante es la importancia que da el empleado a la capacidad de gestionar equipos de forma adecuada en situaciones de crisis. Es en esos momentos cuando el auténtico talante de un jefe sale a relucir.

Sin embargo, en lo que se refiere a motivaciones y, especialmente, a emociones, parece que queda mucho camino por recorrer. Ahí se sitúa la innovación en la gestión de las personas, ahí debemos situar la inteligencia emocional como instrumento de mejora en la gestión de personas en las organizaciones. Pienso que para innovar no tenemos que desarrollar técnicas o instrumentos nuevos, bastara con reconocer, movilizar y optimizar el conocimiento creativo que ya existe en los trabajadores y en las empresas, me refiero a la inteligencia emocional.

Ahora bien, capacidad de innovar requiere cambios importantes, cambios de mentalidades, de hábitos y costumbres, de estructuras, de acciones, en definitiva. La aventura se me antoja, cuanto menos, laboriosa, ya que ante la necesidad y/o posibilidad de realizar cambios se suelen generar emociones que pueden llevar a la equivocación, como es el miedo. Es necesario afrontar esos miedos y no dejarnos llevar por ellos, podemos hacerlo entendiendo esta transformación como una tarea ilusionante y apasionante. Este es el reto que tenemos y que yo asumo empezando por afrontar mis propios miedos.

Se trata de la sorprendente y no exenta de polémica conclusión a la que ha llegado un estudio publicado en la prestigiosa revista Science decidido a evaluar la influencia del estado de ánimo de los trabajadores en relación a la productividad laboral. Los resultados, como puede adivinarse mirando el título de esta entrada, son insólitos. Joe Forgas,  el investigador y psicólogo de la Universidad de Nueva Gales del Sur que ha liderado el experimento, ha concluido que “mientras que el humor positivo parece promover la creatividad, la flexibilidad y la cooperación, el mal humor activa una manera de pensar más atenta y cuidadosa, haciendo que la persona preste más atención al mundo exterior”. ¿Qué significa esto? Pues que una persona irritable en su entorno de trabajo es capaz de lidiar con mayor facilidad una situación demandante que otra que se encuentre de mejor ánimo, ya que “promueve estrategias de procesamiento de información” más eficaces.

Para llegar a esta conclusión se escogió una muestra de voluntarios a los que se les pidió que visionaran una película mientras recordaban momentos buenos y malos de sus vidas. A continuación fueron sometidos a una serie de ejercicios de carácter parlamentario, como el juicio y debate sobre temas como la veracidad de las leyendas urbanas. Según Forgas, los malhumorados cometieron menos errores que los que presentaban un mejor carácter.

Y no sólo eso: las personas tristes son mejores a la hora de exponer sus ideas por escrito, y un clima húmedo y gris ayuda a los trabajadores a agudizar la memoria.

Si bien constituye una curiosidad, resultaría interesante comprobar la relación entre el humor y la productividad asociados a otros dos importantísimos factores laborales…la felicidad y la motivación.

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